La vida es un gran interrogante y cada respuesta encierra una nueva pregunta que amenaza toda esperanza de finitud. ¿Acaso debemos saberlo todo? El exceso de conciencia que tenemos por herencia evolutiva nos martiriza. Estamos condenados por nuestra constante necesidad intelectual de respuestas que no solo a menudo no se encuentran con facilidad sino que nos conducen a verdades que son realmente una tortura. ¿Qué frio corazón podría soportar con verdadero estoicismo la respuesta sobre el significado de nuestra vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Tenemos alguna misión? ¿Quién podría soportar como respuesta la futilidad de una existencia intrascendente? No solo no tenemos la respuesta a esa pregunta esencial sino que el ser consientes de que la pregunta sigue ahí, latente e inconclusa, actúa como una carga sobre nuestra espalda. ¿Cuántas cargas colocamos sobre nuestra espalda por culpa de este monstruo insaciable que es la necesidad del hombre de cuestionar todo lo que lo rodea? ¿Cuántas...