Somos esclavos de la finitud. Una cruel ironía evolutiva nos dotó de una conciencia ilimitada. Un poder de conocimiento que ansía desesperadamente abarcar el infinito pero sin embargo no tenemos la facultad de comprenderlo. Entendemos que la realidad en la cual estamos inmersos no depende de nuestra existencia. Ella estaba aquí antes de nuestra llegada y seguirá estando aquí luego de nuestro fin. Sin embargo, no conocemos, o no somos capaces de conocer, esta realidad objetiva y aparentemente perpetua que nos rodea, lo único que conocemos es “Nuestra” realidad. Somos presas de nuestras percepciones, desde que “pensamos” al mundo inevitablemente lo transformamos y lo hacemos propio, diferente a la realidad objetiva así como también diferente a la realidad individual de cada uno de los demás seres que nos rodean. Este mundo que construimos es tan propio como lo son nuestros pensamientos y por lo tanto es tan efímero y perecedero como nosotros mismos. Este desdoblamiento entre la infi...