La calma nunca es duradera y así como todas las cosas deseadas subsiste por menos tiempo del que creemos necesitar. Que tremendamente inocente y hasta graciosa me resultó siempre esa falsa creencia de quietud, algo así como construir alegremente un castillo de naipes en el ojo de un huracán, creyendo firmemente que ese momento soñado durará para siempre. Pero no por ingenuo deja de ser tremendamente efectivo el autoengaño. Por lo general, no solo las señales externas se difuminan en el horizonte, sino que toda energía subterránea es exitosamente ignorada.
Sin embargo, esa llama interna no se alimenta de atención sino de resortes más sutiles que están más allá de las voluntades conscientes, por lo que todo intento de conservación está condenado indefectiblemente al fracaso. El fluir del tiempo es tan irreversible como inevitable y esas dos características pesan en el alma como una mochila de plomo. El final está siempre marcado de antemano y no importa cuánto esmero se haya puesto en la represa.
La voluntad es impotente ante esta fuerza ígnea de la que hablo. Nunca va a poder detener esta pesada masa de potencialidad cuando la fisura comienza a extenderse. Solo resta abrazar lo inevitable de manera estoica o esperar el momento de acumulación que permita que todo fluya de forma anárquica e incontrolable. En ese punto, la renovación es una fiel aliada de la destrucción, así como lo son el deseo y el dolor.
Es sabido que algunos necios no recibirán con hospitalidad a lo inevitable y se enfrascarán en una lucha cruel y sin cuarteles para retrasar lo impostergable, que terminará mal, inevitablemente. Otros intentarán una y otra vez sin éxito desafiar a la irreversibilidad juntando del piso los pedazos de una copa rota, esperando beber de ella sin cortarse. Ambos condenados a luchar contra sus molinos de viento, mostrando orgullosos el coraje de los luchadores, pero proyectando siempre la sombra de la más fútil locura utópica.
Si bien estas reglas de inevitabilidad e irreversibilidad son indiscutibles y físicas, el impacto en el plano espiritual es incalculable y aparece de improvisto en cada arista de la existencia. Estamos tan marcados por el estigma de lo imperecedero y la pérdida que a veces es muy difícil no caer en la displicencia más absoluta ante el peso tan agobiante de esa realidad. La pérdida siempre le abre la puerta a la soledad y hay ciertos espacios, que cuando se generan a través de ella, probablemente no puedan volver a ser llenados con nada. Tendremos que experimentar la angustia de convivir con un espacio vacío por el resto de nuestras vidas.
El problema con el que nos encontramos acá se encuentra en el orden de lo trascendente y existencial. La postura a tomar frente a esta situación no puede venir desde la razón y la lógica sino desde una determinada disposición del alma. Con el corazón a ultranza siempre y sin concesiones porque la solución solo puede estar ahí, tan cerca, tan simple, tan accesible pero tan burlonamente esquiva. Menos resistencia infantil y más aceptación radical, más amor y menos nostalgia. Hay que amar siempre sin importar la otredad, como decía Walt Whitman, que entendió el Ser como nadie, no existen los amores no correspondidos porque el cobro existe siempre de una forma u otra, es inevitable.

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