Mientras el sol se asomaba tímidamente y comenzaba a iluminar el rígido concreto de una esquina céntrica, uno de sus rayos impertinentes se filtró entre los aun fríos edificios, iluminando el rostro arrugado de un vagabundo que despertaba lentamente de su letargo. Un abogado que caminaba con paso resuelto se paró en la misma esquina en donde se encontraba el vagabundo. El abogado, esperando para poder cruzar la calle, fue alcanzado por el mismo rayo de sol que iluminó al mendigo, pero no lo advirtió por estar usando lentes negros. Al ver al vagabundo en el suelo, resuelve dejarle en su sombrero deteriorado, un arrugado billete de dos pesos que encontró en su bolsillo. - Gracias, ¿no? – Dijo el abogado luego de algunos segundos. - ¿Cómo? – Preguntó el vagabundo sorprendido. - Estaba esperando que usted me agradeciera. - ¿Por qué debo darle las gracias? De hecho creo que es usted quién debe darme las gracias a mí por haber aceptado su mugroso billete. - Usted es un desagradecido ...