El ser concientes de nuestra conciencia nos hace únicos. Ningún otro ser sobre la tierra tiene esa capacidad, ese dón. Todos los hechos en la vida del hombre giran en torno del mismo eje, su centro de gravedad y su bien mas preciado. Tan importante resulta para el hombre ese hecho que en muchos casos se convierte en un débil subordinado, dependiente en extremo y esclavo de su conciencia. El hombre moderno adolece de un exceso de conciencia, una enfermedad que se esparce a ritmos cada vez mas elevados. Todo debe ser pensado, cada acción, cada paso, cada sensación, cada olor, incluso el amor. Todo debe pasar por esa maquina transformadora. El aire que respira el hombre enfermo es denso y oscuro, es un aire viciado de embriagante predictibilidad. A donde quiera que mire, su sendero esta escrito, todo es plano y agobiante, nada puede ser cambiado, nada se transforma y todo permanece. Las distracciones al costado del camino no hacen más que hundirlo en una depresión galopa...